Cuando estaba en la escuela soñaba con llegar a ser doctor. Yo lo era cuando jugaba con mis hermanas; inyectaba a sus muñecos y a sus peluches, les recetaba y todos muy contentos. Algo cambió, no sé qué, pero cuando llegué a sexto grado ya no quería ser doctor sino veterinario. Para entonces me encantaban los animales. Pese a que era monaguillo en mi parroquia, y me encantaba ayudar en misa, la vida de cura no me llamaba mucho la atención porque el cura de mi pueblo vivía solo en un caserón junto a su hermana. Nunca me imaginé verme de cura viviendo así.

Apenas iniciado el colegio, tenía 12 años para entonces, cambiaron al párroco. El nuevo párroco era un hombre serio, enojón, gruñón, le gustaba que en la iglesia las cosas se hicieran bien, muy trabajador… ah… y muy preparado. Me llamaba la atención por sus conocimientos y su ciencia.

El atractivo que aquel hombre -pese a sus enojos- generó en mí fue por su ciencia, sus conocimientos y su espiritualidad. Con frecuencia lo veía solo en la iglesia, rezando de un libro gordo, en silencio, atendiendo en la confesión a las señoras que se acercaban a él. Creo que al principio ni él mismo creía en mí, porque yo era chaparro, y además, un monaguillo que habla y se movía mucho en misa. Con frecuencia nos llamaba la atención durante la misa. ¡Qué vergüenza!

Fr Carlos Villalobos, O.P. Fraile costarricense, en Costa Rica

Dominicos

“Revitalizar nuestra vocación de servidores de la Palabra con el desempeño apostólico de una función teológica creativa para el acompañamiento compasivo del pueblo”

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