LA PREDICACIÓN DOMINICANA

1. Predicación Doctrinal

No significa teórica o abstracta, sino centrada en Cristo, positiva... La predicación dominica no está basada en la amenaza o en la moral. Es una predicación positiva en cuyo centro está el anuncio de la bondad de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. El anuncio de Cristo salvador está en el centro de la predicación dominica. Ello hace que la predicación dominica esté íntimamente asociada a la oración, a la contemplación y al estudio.

2. Predicación Libre

No está a ningún cargo eclesiástico y mucho menos a cualquier medio de poder político o de presión. Lo único que la respalda es el Espíritu, la eficacia o el poder de la Palabra de Dios y el testimonio de vida del predicador o de la comunidad. La legislación de los Dominicos habla repetidamente de la “gracia de la predicación”, entendiendo que ésta es un don dado por Dios.

3. Predicación Profética

La mirada del dominico/a no está puesta sólo en el pasado ni es un adivinador del futuro. Su mira está puesta sobre todo en el presente de la Iglesia y de la sociedad, para iluminar e interpretar ese presente desde la contemplación de la Palabra de Dios: ésta es la misión fundamental del profeta. Al anuncio profético acompaña la denuncia de aquellas situaciones en las que se revela aún la ausencia de la salvación. Es una denuncia que cree en el poder de Dios para transformar la historia. Es una denuncia que procura la reconciliación.

4. Predicación Itinerante y Multiforme

Es una predicación itinerante, es decir, que tiene la libertad y movilidad propias de quien vive pobremente y puede hacerse presente allí donde lo requiere el ministerio de la predicación. El mayor enemigo de una predicación profética es la esclavitud del predicador, las ataduras a intereses personales ajenos al Evangelio.

La predicación dominica es multiforme: en sermones solemnes o en coloquios comunitarios, en discusiones públicas o en el anuncio primero a los paganos... La palabra escrita es también canal de predicación. La misma celebración de la liturgia es un lugar vivo donde predicar.

La predicación dominica está sobre todo basada en el testimonio de vida. Por eso, a las primeras comunidades dominicas se las llamaron “casas de predicación”. La misma comunidad es el primer predicador mediante el testimonio de la vida fraterna.

5. Predicación de Fronteras

Domingo y los primeros predicadores pusieron su mirada sobre todo en aquellos sectores de la humanidad a los que aún no había sido anunciado el Evangelio y en los que aún no estaba establecida la Iglesia. Como predicadores de frontera se sitúan en el corazón de la sociedad y la nueva cultura que surge en el siglo XIII: la ciudad, la universidad... Esta es una exigencia de toda predicación dominica: estar atenta a los signos de los tiempos, a las nuevas circunstancias históricas, a los nuevos retos de la humanidad.

LA ORACIÓN DOMINICANA

“Sólo hablaba con Dios o de Dios”. Así veían sus contemporáneos a Domingo. Ese testimonio es una forma breve de destacar su condición de contemplativo, de hombre de Dios, de maestro espiritual..., títulos todos que le caen a bien a Domingo y títulos que todo seguidor de Domingo (laico o religioso) debería de tener.

“De día nadie más cercano a los hombres; de noche nadie más cercano a Dios”. Era una forma de explicar lo que Domingo vivía, el proceso de vaivén que tenía lugar entre su actividad apostólica y su forma original de ser contemplativo.

La contemplación desde el corazón doliente de la historia humana es el rasgo más específico de la experiencia de Dios en Domingo. Es la clave de su espiritualidad de encarnación y de su proyecto.

Domingo fundamenta su proyecto de vida sobre la oración y la experiencia de Dios. La fe radical es el único punto de apoyo de todo proyecto de vida cristiana. Si falta la fe radical, todo carece de sentido. Fue el drama de los discípulos de Emaús: estaban desanimados porque les faltaba fe. Eso es substancial. Las formas de oración y contemplación son asunto importante, pero secundario.

Domingo se ejercitó en la fe radical y en la experiencia contemplativa de Dios bebiendo en dos fuentes: la tradición eclesial y su propia experiencia apostólica.

La tradición eclesial: Desde la infancia y a lo largo de su vida, Domingo mantuvo continuos contactos con el monaquismo (vida de los monjes). Especialmente significativa fue su estancia en la catedral de Osma. Allí aprendió las lecciones del silencio contemplativo y de la oración eclesial como modos propicios para hacer crecer su experiencia contemplativa.

Su propia experiencia apostólica: Es la otra fuente de su dimensión contemplativa. Al contacto con la humanidad doliente se aviva la fe de Domingo; su oración apostólica se torna oración o clamor de intercesión; y la contemplación del misterio de Dios queda asociada a la contemplación del misterio humano (la Biblia en una mano y el periódico en la otra, como le gusta decir al P. Cuesnongle). Esta fe radical profundamente encarnada y ésta contemplación desde el corazón doliente de la historia humana, son rasgo específico de la espiritualidad dominicana.

“Contemplar y anunciar a los demás lo contemplado”. La expresión ya es de Santo Tomás de Aquino, pero recoge perfectamente el carácter espiritual de Domingo. Una cosa es clara para Domingo: es imposible una verdadera predicación, si no está sustentada antes por una profunda experiencia de Dios. Y ésta se inicia en el contacto con el drama humano. Por eso, la oración y la contemplación nos capacitan para mirar el mundo con los ojos de Dios, con profundas entrañas de misericordia.

Con nuestra vida de oración, ya comunitaria, ya individual, alimentada por el estudio y la vida común, seremos testigos de un Dios que comparte la vida de los hombres. Así, frente al secularismo que encierra al ser humano en el universo puramente mundano, daremos testimonio de Dios.

Un dominico valora la dimensión celebrativa, tanto en la oración personal como en las celebraciones comunitarias, como expresión de la fe descubierta y compartida, y como lugar de encuentro con Dios. La oración es para todo dominico(a), el corazón y el centro de su vida.

Para Santo Domingo el centro de la actitud de alabanza es la Eucaristía. Una Eucaristía celebrada, compartida, festejada en común. En ella está el perdón, la Palabra, la súplica, el silencio, la comunión... No es “un método de oración”, es “el método”. Ella ha de ser la orientación clave de nuestra oración dominica, de nuestra oración cristiana, como el movimiento constante de nosotros hacia Dios, y de Dios hacia nosotros.

Toda oración nos ha de llevar a la meditación y estudio reflexivo de la Palabra de Dios. Estudio es orar y viceversa, para los dominicos(as). El estudio hondo, buscador de la Verdad en la vida, las ideas, los hombres y las mujeres, es meditación orante para el dominico(a).

La oración no se reduce a los tipos de meditación popularizados. Orar es amor, conocimiento, tensión, búsqueda de respuestas humanas y cristianas a los problemas, angustias y anhelos de los hombres y mujeres, nuestros hermanos y hermanas.

No podemos pasar por alto el profundo sentido Mariano de la Orden. Se nos ha considerado en un principio, como los “frailes de María” por la difusión popular del rezo del Rosario.

Pero la presencia de María en la Orden y en la “familia dominicana” va mucho más allá. María es para todo(a) dominico(a) “nuestro refugio, nuestra abogada ante su Hijo Jesús, nuestro Patrocinio”; como lo afirma quien fue Maestro de la Orden, Fray Humberto de Román: “La Virgen María fue una grande ayuda para la fundación de la Orden y se espera que la lleve a buen fin”. Por eso, los dominicos reconocen desde sus inicios la protección de la Virgen y “no duda en confesarla y la recomienda a todos los frailes, monjas, hermanas, laicos y jóvenes, para que apoyados en su protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador Jesús” para llevar a cabo la difícil misión de la salvación de los hombres. Santo Domingo y la Orden, desde el principio sintieron a María como “Madre de Misericordia”. Ella será “nuestro PATROCINIO” hasta el final.

EL ESTUDIO DOMINICANO

La Palabra de Dios ha de ser el centro y el eje de la vida dominicana. Por eso, en todo dominico su estudio y conocimiento son prioritarios. Este estudio nos ha de llevar, no sólo a conocer el mensaje que se debe anunciar, sino también a los destinatarios de ese mensaje.

Las preguntas que suscitan el estudio entre los miembros de la Orden y la familia dominicana son aquellas que surgen al contacto con la humanidad. No se debe perder de vista que son, en definitiva, los hombres y las mujeres los destinatarios del mensaje cristiano.

El don de la salvación es un don ofrecido a la humanidad. Y la revelación tiene carácter dialogal: el hombre y la mujer interrrogan, y Dios responde; Dios interpela al hombre y a la mujer, y éstos responden.

Es respuesta a interrogantes radicales. Si el apóstol se sitúa al margen de estos interrogantes, el mensaje que pretende transmitir pasa al lado del ser humano, carece de destinatarios y no tiene sentido.

El estudio dominicano tiene como finalidad la contemplación del Misterio de la salvación y el anuncio de este misterio a los hombres y a las mujeres. Por tanto, el objetivo primordial de este estudio es la SAGRADA ESCRITURA. Domingo “aconsejaba y exhortaba con frecuencia a los frailes de la Orden, con su palabra y por medio de cartas, para que estudiaran constantemente en el Nuevo y Antiguo Testamento” (Fray Juan de Navarra).

“Contemplar y transmitir lo contemplado”. Nadie puede transmitir lo que no ha contemplado. Y tratándose del Misterio de la Salvación, el simple conocimiento no basta. Es necesaria una experiencia sabrosa de esa salvación. Quien ha contemplado el plan salvífico de Dios y lo ha saboreado personalmente en fecundos momentos de oración y de estudio, no puede menos de anunciar a los hombres “lo que ha visto y oído”.

Con nuestra vida de estudio y reflexión, es decir, mediante la atención que prestamos a la vida de los hombres y de las mujeres de hoy, el estudio asiduo de la Palabra de Dios, nuestra decisión de hacer la Verdad y la Justicia, podemos manifestar nuestro amor al mundo, nuestro deseo de servirlo y nuestro reconocimiento de que la vida tiene un sentido. Además, a través de esta vida de estudio y de lectura crítica de la realidad, podemos ser signos de libertad, frente a las ideologías de moda, frente a la tentación del absurdo, frente a los valores deshumanizantes.

Los dominicos, al saberse “predicadores del Evangelio” han de vivir en continuo movimiento interior y exterior de renovación, búsqueda y desafío. El gusto por el estudio y reflexión en todas las áreas humanas, ha de hacerse con sentido crítico, para que analizando las estructuras sociales, económicas y culturales, etc; seamos capaces de descubrir los problemas de nuestro mundo, contrastemos los propios valores con los que rigen nuestro entorno social y ayudemos a recuperar la frescura del mensaje evangélico. La atención a la cultura es aspecto fundamental en la vida para todo componente de la “Familia Dominicana”.

Aceptadores y abiertos a la verdad, venga de donde venga. Esta actitud nos ha de llevar a vivir esa síntesis fe-razón, la Palabra de Dios como reflexión cristiana y las ciencias humanas como fuente de verdad.

El talante de los dominicos es humanista en la concepción de la vida. El ser humano y Dios son los dos centros de reflexión y acción salvífica y liberadora. Su reflexión teológica, filosófica, humana, pretenden ser síntesis de contrarios, profundamente unitiva. El dominico parte de la persona y de la realidad concreta, para significar y elevar cristianamente este mundo, que también es su lugar de reflexión teológica.

Su estudio y reflexión le lleva a tener un espíritu abierto, flexible, comunicativo, comprensivo, simpático, accesible y expansivo con las personas que trata.

Un rasgo clásico de la tradición dominicana es buscar y situarnos en las “fronteras”, situaciones sangrantes de nuestra sociedad, que desmontan los propios esquemas vitales e intelectuales. Constituyen un reto para la fe, demandan estudio y reflexión y exigen una respuesta desde el Evangelio.

Es necesario resaltar que la base del esfuerzo formativo está en el anuncio de Jesús de Nazareth, el Cristo, como Verdad profunda del ser humano y fuente de sentido para toda vida humana. Él es la Buena Noticia de parte de Dios para todos los seres humanos.

“Somos predicadores. Existimos para predicar. Somos para la evangelización. En estas expresiones está encerrada la razón y la naturaleza de nuestro ser”.

RASGOS IMPORTANTES

- Tiene una finalidad esencialmente apostólica. Está en función de la predicación. No pretende formar simples maestros, sino predicadores.
- El verdadero estudio dominico arranca de las interrogantes suscitadas por la misión y desemboca de nuevo en la misión. Por su parte, una predicación que no esté sustentada por el estudio difícilmente podrá responder a las exigencias de la misión.
- El estudio dominico es comunitario. Eso significa que no es un asunto meramente individual; que no es un privilegio o monopolio de los frailes específicamente dedicados a la investigación y a la enseñanza; que implica una verdadera reflexión comunitaria.
- El estudio dominico es un estudio teológico. Se centra en el estudio de la verdad sagrada. Destinado a alimentar la predicación, y a una predicación doctrinal, no puede por menos de ser un estudio teológico.
- El estudio dominico es un estudio interdisciplinar. Significa que otras áreas del conocimiento ha de ser estudiadas en función de la reflexión teológica y a la luz de la teología. Los profetas dominicos y los teólogos de los primeros tiempos de la evangelización de América son claro ejemplo de este carácter abierto, dialogante e interdisciplinar de la reflexión teológica dominicana.

LA COMUNIDAD DOMINICANA

Los frailes dominicos vivimos en comunidad, en familia. Es el lugar que nos congrega, donde vivimos unánimes, teniendo una sola alma y un solo corazón en Dios.

Desde el tiempo de santo Domingo, a las comunidades de los frailes se les denominó “la santa predicación”. Es decir, que la predicación dominicana nace de una comunidad que ora, estudia, debate y ofrece de su vida en común, la Palabra de Cristo. Es en la comunidad donde nace la predicación. Los hermanos se aceptan y se estiman mutuamente como miembros del mismo cuerpo. Santo Domingo ideó un estilo de vida democrática, es decir, que la organización interna de la comunidad contiene la voz de todos los hermanos que viven en casa. Al responsable de la comunidad, convento o casa, se le llama “prior” (el primero entre iguales), quien es el hermano que ejecuta, anima y defiende los intereses de todos.

La comunidad dominicana es un lugar plural y diverso en cuanto a posturas, ideologías edades, culturas, nacionalidades. La comunidad dominicana organizada en todo el mundo, da su obediencia al Maestro de la Orden, sucesor de la misión de Santo Domingo. Y la Orden, a su vez, se organiza en las regiones de todo el mundo, en provincias, viceprovincias o vicariatos. Pero la presencia total de la Orden está en cada comunidad que vive el carisma de la predicación. La comunidad dominicana es nuestra casa y hogar, en ella compartimos la vida, fe, servicios y trabajos; las ideas, tristezas, enfermedades y la cercanía al mundo con sus dolores y esperanzas. Es el espacio donde seguimos a Jesús y lo expresamos a través de nuestros votos de pobreza, castidad y obediencia; donde celebramos fervorosamente la liturgia, principalmente la Eucaristía y el Oficio Divino. Lugar permanente de estudio, oración y silencio, elementos necesarios que preparan e impulsan la predicación.

Todos estos elementos se fecundan entre sí y constituyen la propia vida de la Orden: una vida apostólica en pleno sentido, en la cual la predicación y la enseñanza deben emanar de la abundancia de la contemplación.

Dominicos

“Revitalizar nuestra vocación de servidores de la Palabra con el desempeño apostólico de una función teológica creativa para el acompañamiento compasivo del pueblo”

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