“La Ascensión del Señor”

 ¡Jesús ha subido gloriosamente a los cielos! ¡Aleluya, Aleluya!

 

Este día recordamos aquél momento glorioso en el cual Jesús fue ascendido por su Padre a los cielos. Es de importancia tal que la Iglesia entera lo celebra con alegría, sobre todo por el significado que podemos extraer de sí, el cual tiene tanta importancia e influencia en nuestra vida terrena como en nuestra vida futura.

            Quiero resaltar en ésta ocasión tres párrafos extraídos de las lecturas de éste día: el primero es aquel contenido en la lectura de los Hechos que dice “pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”; el segundo pasaje es aquel donde los hombres vestidos de blanco dijeron a los Apóstoles: “Galileos, ¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?”.

Jesús ascendió a los cielos, efectivamente, así nos lo comunica éste relato pos pascual el cual continúa la línea del mensaje evangélico de Lucas, sin embargo, quiero resaltar otro aspecto importante que contiene este párrafo y del cual, pienso, debería reflexionarse más a menudo.

¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?, pregunta muy válida para nuestros días. Muchas veces como cristianos pretendemos vivir felices con el Cristo victorioso, triunfante y resucitado solamente e ignorar otros aspectos tan importantes de la vida de Jesús como su sufrimiento, su pasión, sus tentaciones y su muerte. Sin embargo, éste pasaje nos induce a pensar en la actitud que los cristianos debemos tomar.

Jesús no se eleva al cielo sin antes dejar claro la forma de proceder de sus Apóstoles en el proyecto de salvación y vida creado por el Padre y denominado por Cristo como “El Reino de los cielos”. Él quiere que sus apóstoles propaguen la semilla del reino en todos los confines de la tierra y eso se hace tomando acciones concretas.

Para ver de forma más clara el mensaje que trato de transmitir comparemos la frase “mirar al  cielo” con aquél pasaje bíblico del monte Tabor en el cual Pedro dice: “Hagamos tres chozas” luego de suceder la transfiguración del Señor. En ambos pasajes bíblicos Jesús es glorificado en cierto modo y se manifiesta la acción del Padre todopoderoso sobre el Hijo. En ambos pasajes podemos observar muestras de querer “permanecer” invariables puesto que se está cómodo con lo que sucede. Ya sea permanecer mirando al cielo o permanecer en el monte Tabor, en ambas se pone de manifiesto la intensión de no “bajar” a la realidad y vivirla.

La realidad no siempre es la más llevadera pues nos presenta retos complicados y diversos cada día más y más, a ejemplo de ello puedo mencionar la necesidad que tiene la Orden de Predicadores en innovar las formas de predicación en el mundo moderno. Esto requiere necesariamente tanto un ejercicio y desgaste intelectual como una entrega física por la causa, por ese motivo, nuestro Padre Domingo pretendía que todo dominico contara con las herramientas necesarias para afrontar la realidad.

Bajar a vivir la realidad implica necesariamente ese desgaste apostólico que Domingo realizó y por el cual entregó su vida. Claro que, tal y como lo afirma Jesús, lo fortaleció enviándole al Espíritu Santo y convirtiéndole en su testigo. Domingo pudo quedarse mirando al cielo y evitar la realidad sin embargo se sintió llamado por aquellos hombres vestidos de blanco que narra el pasaje de los hechos y que se hizo vida en la pobre realidad de aquellos que no tenían pan.

El tercer pasaje bíblico que me gustaría ahora resaltar, aunque ya lo he mencionado en cierta manera, es aquel contenido en el Evangelio de San Mateo que dice: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Imperativamente Jesús menciona estas palabras haciendo alusión a que su mensaje no ha de quedar estático si se quiere construir el reino de vida y amor que ha anunciado y éste pasaje lo expresa muy bien.

Trayendo nuevamente a colación a Domingo de Guzmán me gustaría ponerle nuevamente de ejemplo respecto al texto, pues creo con firmeza que a  pesar de sus debilidades y defectos humanos supo creer fielmente la promesa de Cristo y la hizo vida porque supo y sintió que Cristo efectivamente estuvo con él hasta el final de sus días.

Debemos pues, como hijos de Domingo, creer la Palabra que nos ha sido dada y luego de creerla y contemplar los momentos de dicha al “mirar al cielo” y al “permanecer en el monte” pero luego de ello, la voz de los actuales hombres de blanco: los pobres, los marginados, los excluidos, los enfermos y los despreciados de la sociedad, debe hacer eco en nuestro interior para no quedarnos estáticos mirando al cielo añorando un reino futuro sin construir el presente.

Por: David Maradiaga (Prenovicio dominico).

DOMINGOS DE RAMOS

La celebración de este domingo comienza con la lectura del Evangelio (Mt 21,1-11) que nos cuenta la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por los discípulos y por la gente que se fue amontonando al paso de aquel cortejo: Jesús, el homenajeado Hijo de David, cabalgando a lomos de una humilde burra. Todo transcurre entre el bullicio de las palmas y los cantos alegres que proclaman a Jesucristo como Rey.

La primera lectura es del profeta Isaías 50,4-7. Es el tercero de los llamados cánticos o poemas del Siervo. En ellos, los primeros cristianos vieron el anuncio de la pasión del Señor, la cual constituye el núcleo de los cuatro evangelios. Ya el pueblo del Antiguo Testamento esperaba un Mesías, pero no sufriente. Por eso, quizá, en un primer momento se interpretaron estos cánticos como referidos a todo el pueblo, al que muchas veces se le llama también “siervo”. Pero ya los mismos judíos lo interpretaron pronto como el anuncio de un personaje concreto, que asumiría en su propia vida la historia de su pueblo. La comunidad cristiana creyó que ese personaje concreto es Jesús, el Mesías Salvador, revelado efectivamente como Siervo, aunque sufriente

Este tercer canto describe la misión del Siervo como la de un discípulo abierto a lo que Dios le dice: El Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. Primero escucha como discípulo y luego transmite a los demás esas palabras: Para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. En este tercer canto se habla más explícitamente del sufrimiento: el Siervo ofrece su espalda a los golpes, su mejilla a los que le mesan la barba, su rostro a los insultos y salivazos. Pero también aquí la confianza que tiene en Yahvé es la que le dará ánimos para perseverar en su misión. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundidoy sé que no quedaré avergonzado.

Jesús es, pues, el siervo sufriente, cuyos dolores y afrentas no han sido capaces de apartarle del camino que ha seguido hasta el final, siendo fiel no a la sentencia justiciera de un Dios tirano, sino fiel al amor redentor del Padre, que el mismo Jesús vive en el mismo Espíritu de Dios.

Contemplamos a un Siervo de Dios, que es Dios mismo encarnado en nuestra naturaleza humana por puro amor, porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna (Jn 3,14). Dios, en la persona del Hijo, se hace Siervo. Así lo dice san Pablo (Flp 2, 6-11): Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz… No se trata de un ejercicio de poder, sino de una experiencia de fe, siguiendo el ejemplo de Abrahán, que no dudó en sacrificar a su propio hijo… Pero, Dios, cuando encuentra hombres o mujeres fieles hasta el final, no deja que triunfe el mal ni la muerte. Así continúa san Pablo: Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre

Fray Manuel Batalla, o.p. 

V DOMINGO DE CUARESMA

Desde que nacemos comenzamos a morir. En la vida de las personas un día pasa y se acabó, no se repite. Para nosotros el nacer es una alegría, pero, sin darnos cuenta, al final del día, hay partes de nuestro cuerpo que han muerto: algo de nuestra piel, algún cabello, algunas células, etc. Y según avanzamos en edad, también el cuerpo se enferma y disminuye sus habilidades y posibilidades, se va gastando. Aunque nos resulte difícil de aceptar, poco a poco, también vamos muriendo. La muerte es una compañera de nuestro camino ordinario, y solemos tolerarla. Sin embargo, cuando la manifestación de la muerte nos llega de repente y nos toca en lo profundo, aquello que parecía tolerarse más o menos bien, genera un caos en la vida. Yo imagino que así lo vivieron Marta y María, cuando su hermano Lázaro murió. Esa manifestación de la muerte generó un caos en la vida de aquellas dos mujeres. Igualmente, cuando la muerte se manifiesta fuerte entre nosotros, genera un caos en nuestra vida. Sin embargo, para los creyentes Dios tiene una buena noticia al respecto.

 Cuando el pueblo judío vivió en el exilio de Babilonia, después de 48 años de vivir fuera de su añorada ciudad de Jerusalem, se vio tentado a decir que Dios se había olvidado de los exiliados; de ellos, que se sentían secos y sin ilusión, muertos de tristeza y desanimados por la desesperanza. Eran vivos muertos… Hasta que, a través del profeta, Dios les abre un derrotero hacia la esperanza. Les dice: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel”.  Aquella noticia fue para ellos como una luz revitalizadora, “les volvió el alma al cuerpo”, como dicen.  Fue como si Dios los sacara de la tumba donde ellos mismos se habían metido. Es precisamente esa acción de Dios la que le permitiría al pueblo darse cuenta de quién es el Señor, si Dios. Es más, el Señor termina prometiéndoles: “Entonces les infundiré a ustedes mi espíritu y vivirán”.

 Lázaro es el personaje del Evangelio de este domingo que nos representa. Su nombre significa lo que constantemente Dios hace por nosotros: Dios socorrió o Dios presta ayuda. Lázaro es los hombres y mujeres de hoy que experimentan diversas situaciones de muerte, los que aun estando vivos viven como si estuvieran muertos, sepultados. Lázaro es los jóvenes de nuestro vecindario hundidos en la droga, las personas tristes sin esperanza, los adultos mayores y enfermos abandonados, las mujeres abandonadas por sus parejas, las familias que viven en la miseria de las periferias de nuestras ciudades. Lázaro también es las comunidades bajo el control de pandillas que amenazan de muerte y exigen injustas cuotas; es las comunidades humanas víctimas de políticos que engañaron a sus electores y se olvidaron de sus promesas, es los pueblos desasistidos por la inoperancia de instituciones públicas, es los pueblos oprimidos por políticos corruptos que llenaron sus bolsillos con los dineros destinados al desarrollo de la obra pública; es los países que están bajo el flagelo de la pobreza, de la violencia, del egoísmo y el arbitrio de unos pocos.

 Ante todas estas situaciones de muerte, Jesús nos pregunta si creemos que él puede revivir o devolverle la vida a todo eso que ha muerto, muere o está muriendo, ya sea en nosotros o en los demás. Jesús se identifica con la resurrección y la vida, por eso él viene a comunicar la vida que él mismo posee y de la que dispone. Sin Jesús, la muerte es la ruina del ser humano, el fin de su existencia. “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Esa pregunta es clave para nosotros y espera una respuesta con convicción. 

 En el Evangelio de hoy Marta sale al encuentro de Jesús. Este encuentro supone dos movimientos: él viene a nosotros, pero cada uno ha de acercarse a él. Jesús tendría que ser para nosotros aquel que puede llenarnos de vida verdadera, quien puede despertar dentro de nosotros lo que está muerto y convertirlo para siempre en salvación, en esperanza y renovación.

 Jesús no se deja llevar por el desconsuelo de los que le rodean. Él llora empujado por el afecto personal a Lázaro, su amigo. Pero su llanto está lleno de amor y de esperanza en el futuro. Dentro de la tumba estaba Lázaro con los pies y las manos atados con vendas. Representa el estado de un hombre o una comunidad que todavía no han recibido el Espíritu de la vida. El creyente no está destinado al sepulcro: aunque muera, sigue viviendo. Jesús busca obtener un cambio de mentalidad ante la muerte. ¿Cómo resucitar a uno que se cree vivo, o dar la vista a uno que cree ver bien?... La muerte está dentro de nosotros mismos en cuanto nos negamos a vivir… Evitemos morir antes de tiempo… pues la Buena Noticia para quien cree en Jesús es que vivirá para siempre.

 La Cuaresma nos ha venido diciendo no sólo cómo prepararnos para la Pascua. Nos ha venido diciendo que todo eso que necesitamos para llegar a ella lo tiene Jesús. Jesús es la fuerza para vencer las tentaciones, la gloria prometida del Padre, a quien debemos escuchar, el agua para la sed, la luz para nuestros ojos ciegos y finalmente, la resurrección y la vida. ¿Seremos capaces de llegar a la Pascua con todos los dones que Jesús nos ha ofrecido a lo largo de este tiempo? ¿Creemos que en verdad Jesús es todo esto, y que nos despierta de todas nuestras ausencias y muertes? Él espera nuestra respuesta.

 Fr. Carlos A. Villalobos R., O.P.

IV DOMINGO DE CUARESMA

"Elegidos de Dios y convivencia humana"

 Nos estamos acercando a la Pascua, la fiesta más importante de la vida cristiana. Con este cuarto Domingo de Cuaresma, estamos dando el cuarto paso en ese sendero. Como seres humanos amados por Dios sentimos la elección divina, la cual debe girar en torno a la relación con Dios y con el ser humano. Esta trilogía (elección-relación con Dios – relación con el ser humano), nos hace experimentar la vivencia de un culto verdadero y no disfrazado en relación con la divinidad.

ELECCION. La elección que Dios hace del ser humano se lleva a cabo por su iniciativa, hecho que no necesita juzgar las apariencias sino el corazón, es lo que acertadamente nos propone la primera lectura de este domingo, cuando Samuel debía ungir a uno de los hijos de Jesé, Samuel escuchó de Dios el mandato del Señor que le dijo: anda úngelo porque es este el más pequeño, el que estaba cuidando las ovejas, tanto Jesé como Samuel se habían dejado llevar por las apariencias, Dios cambió ese rumbo y les demuestra que es necesario ver el corazón.

RELACION CON DIOS. Todos los cristianos entablan una relación con la divinidad que puede estar direccionada por leyes y preceptos dictaminados por una iglesia en concreto, este es el caso de los escribas fariseos, sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo judío, que aferrados a la ley se mantenían fieles a la misma sin quebrantar una norma ni un precepto, con el afán de agradar a Dios y por tanto, lejos de ellos la actitud de ofenderlo. El Evangelio de hoy nos presenta a un grupo de fariseos interrogando de una manera minuciosa a una persona que antes era ciega y que ahora aparece viendo sin dificultad.

Estos (los fariseos) cuestionan al que había sido ciego no solo por haber recobrado la vista, sino más bien, por creer en ese hombre llamado Jesús a quien ellos no consideraban ni profeta ni mucho menos el hijo de Dios, para estos grupos la relación con Dios debía estar normada a tal punto que solo un grupo selecto (los fieles observantes) podían tener cercanía y bendición de parte de Dios.

Toda persona que padeciera alguna enfermedad en la época de Jesús era vista como persona pecadora. Los enfermos, los niños y las mujeres eran grupos considerados indignos de la cercanía, la bondad y la misericordia de Dios. Por eso les resultó inadmisible que el hombre que había recuperado la vista hubiera recibido bendición y gracia de parte de Dios por medio de Jesús Nazareno.

RELACION CON LOS SERES HUMANOS. En las relaciones humanas hay un elemento determinante que tiende a señalar, a juzgar, a condenar a unos con los otros. Lo que es lo mismo decir, que la relación que se tenga con Dios si no es con base en la bondad y la misericordia, sino en la ley, siempre tendrá actitudes discriminatorias en la persona cumplidora de la ley y de las normas establecidas.  En el relato de este domingo vemos claramente a dos tipos de poblaciones representadas, por un lado, por medio de los fariseos y por el otro en la persona del ciego, los fariseos como fieles cumplidores de la ley y el ciego como marginado y excluido de la bondad, la misericordia y la ternura de Dios. 

El ciego se ve señalado, se ve interrogado e incluso condenado por los fariseos.  En resumen, la relación que tengamos con Dios se manifestara en la relación que tengamos con los seres humanos, si nuestra relación con Dios está basada en la ley, tarde o temprano, más temprano que tarde, se terminará señalando, juzgando y condenando al ser humano.

APLICACIÓN. En nuestro medio, todos somos elegidos por Dios, cada uno tiene una misión especifica en este mundo, es más, todo ser  humano ha recibido de Dios la bondad y la misericordia en el momento de la elección que Dios ha hecho de su persona, esa bondad y esa misericordia son los parámetros fundamentales que Dios muestra por medio de su hijo nacido en Nazaret. Esto debe de determinar nuestra relación con Dios y viceversa, si Dios te trata con bondad y misericordia, lógico es que entre los seres humanos nos tratemos y relacionemos con base en esa bondad y misericordia.

Ciertamente, la ley dada por Dios en el Monte Sinaí a Moisés para que el pueblo de Israel la pusiera en práctica, ha llegado a la plenitud por medio del testimonio y la vida de Jesús de Nazaret. El cuarto paso dado en este tiempo de cuaresma debe hacernos caer en la cuenta que el camino a la Pascua de Jesús no se ve regido por un cumplimiento exagerado de leyes y normas moralizantes, sino más bien, en una vivencia, con la libertad de los hijos de Dios, de la bondad y la misericordia en cada una de las realidades que nos corresponde vivir.

Fray Carlos Flores, o.p.

III DOMINGO DE CUARESMA

“Es Jesús es quien sacia nuestra sed”

En este tercer domingo de cuaresma las lecturas nos quieren enseñar que nuestro Señor Jesucristo es la Fuente del agua viva. Atravesamos un momento histórico y estamos inmersos en un mundo en donde cada vez más el agua se escasea, ésta problemática nos lleva a reflexionar acerca del cuidado y preservación de la misma, pero en otras partes este líquido vital no solo se escasea, en realidad mueren personas a causa de la falta de agua. Cada uno de nosotros experimenta o ha experimentado en el trayecto de la vida la necesidad y ansias de beber agua fresca.

En la pedagogía de la liturgia de la Iglesia de este tiempo cuaresmal nos pide detenernos en nuestro caminar y preguntarnos con qué tipo de agua y de qué calidad se sacia nuestra sed. Los seres humanos tenemos sed de trascendencia, sed de no ser olvidados, de ser recordados por mucho tiempo. Pero, no es precisamente de esa sed que nos hablan las lecturas, la Palabra de Dios nos dice en este domingo que Cristo, el Señor, es el único que puede saciar nuestra sed. Nuestro mundo nos ofrece verdades, caminos, mediaciones, técnicas, ideologías, espiritualidades y religiosidades que calman momentáneamente nuestra sed, se convierten en placebo, aliciente para la sed que solemos tener y por la que agotamos nuestros esfuerzos y esperanzas. Bebemos, pero en poco tiempo quedamos insatisfechos, sentimos que nos hace falta algo más.

Jesús en el evangelio de san Juan, nos enseña en la persona de la samaritana tres claves para entender nuestra existencia humana y seguimiento cristiano. La primera, es que para poder encontrarnos con el agua que saciará definitivamente nuestra sed, necesitamos salir de nosotros, es decir, de nuestros mezquinos prejuicios, Jesús se acerca y entabla conversación con una samaritana culturalmente imposible en tiempos del Señor. Tanto ella como Jesús rompieron los esquemas opresores de su tiempo, tanto culturales, por acercarse a una mujer, como xenófobos por hablar con un extranjero. La enseñanza es siempre ir y buscar a los otros que en vez de ser peligro, son oportunidades de crecimiento, de servicio y de relación. 

La segunda clave, se relaciona con el pozo, a qué lugares vamos en búsqueda de nuestra felicidad y de nuestra esperanza. Podrían ser pozos vistosos pero sin contenido, pozos que se adapten a nuestras exigencias y maneras de concebir el mundo, lugares en donde encajamos pero sin pertenecer o integrarnos convincentemente. Por eso la cuaresma pretende evaluar nuestra vida y convertir todo aquello que no está conforme al Proyecto de Dios y dejar que el Evangelio nos incomode y desinstale de nuestras seguridades institucionales, epistemológicas, afectivas y sociales, es decir, el cristiano crucifica sus pasiones, deseos y egoísmos para configurarse con Cristo.

La última clave está referida al tipo de agua que estamos bebiendo. Es Cristo, la verdadera agua, es Jesús el deseado, esperado y prometido. Pero para reconocer a Jesús como Fuente necesitamos de humildad para reconocer que no somos nosotros la verdad ni el misterio, sino es el Crucificado, por ello, santo Tomás de Aquino con toda certeza exclamó que la “humildad es el primer peldaño en la búsqueda de la verdad” sólo quien se hace pequeño, quien tiene la osadía de no considerarse puerto, sino faro es capaz de contemplar y estar cerca del Puerto seguro. Cristo y no otro es quien sacia nuestra sed, Él es el Agua de la Vida. La samaritana dice a Jesús “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” luego que ha escuchado del Salvador que le dará el gua que la “convertirá… en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” es decir, el encuentro con Jesús nos hace ser dispensadores del agua de la vida que es Él, en otras palabras, el cristiano se convierte en otro Cristo para el prójimo. La experiencia de la fe siempre vuelca nuestra mirada hacia los demás, somos robustecidos por la Fuente del Agua para ser posibilitadores de esperanza para los otros, no por nosotros, sino porque estamos referidos por Cristo.

Pidamos en este peregrinar hacia la pascua poder ser personas nuevas, sinceras, con un corazón arrepentido, sincero y tener la mirada de Dios en todo lo que realizamos.

 -Fr. Carlos Manuel Aldana Lima O.P.

 

 

II DOMINGO DE CUARESMA

“Dios impacta nuestra vida para despertarnos con amor”

 La transfiguración del Señor es otro de los símbolos que nos sacuden para retomar el camino en clave de cambio, de renovación, de luz, de traslado, de búsqueda.

Hay momentos en la vida en los que nos sentimos aburridos o hastiados. Momentos en los que muchas cosas han dejado de tener sentido. La rutina vuelve nuestros pasos pesados y perdemos el encanto de la vida. Es el momento de emprender el camino hacia la montaña donde Dios se nos hace visible. Alguien deberá de tomar la iniciativa, si no eres esa persona, por lo menos ve y emprende también el camino a la montaña. Únete a aquellos que no quieren quedarse en ese estado estéril. Si tu estado es lineal y no pasa nada en tu vida, camina y arriésgate también.

Hay otros momentos en los que podemos estar tan cómodos que no queremos molestarnos en lo más mínimo en hacer algo por el otro. No nos sentimos ni malos ni buenos. El estado es neutro pero la vida ha perdido el color. Según el Evangelio podríamos exclamar como Pedro: “Señor, ¡Qué bueno sería quedarnos aquí!” Y hasta una que otra propuesta podríamos hacer: “Si quieres, haremos aquí tres chozas…” Esa manifestación, esa revelación de Dios no es para quedarse contemplándola, es para compartirla, para motivar a otros a experimentarla. Hasta aquí parece que aún no ha sucedido nada en su ser interior. El corazón de Pedro está duro, insensible, cerrado.

Pero Dios es dinámico, es fuente de vida y de alegría, de cambios y esperanzas. Por eso mientras todavía Pedro seguía hablando, tocó su corazón. “Este es mi Hijo muy amado… escúchenlo”. Es el momento en el que los discípulos se dieron cuenta que lo que estaba ocurriendo no era algo ordinario y pasajero, Dios mismo se estaba revelando ante la dureza de su corazón. La vida no es un juego para tomarse las cosas tan a la ligera. Hay una urgencia permanente de llevar esperanzas a un pueblo fracasado. Urge devolverle la alegría al que llora, tocando su corazón como fue tocado el de ellos. Por eso los sobrecoge el miedo y caen rostro en tierra. Dios genera esos sentimientos en el corazón humano porque sorprende su fuerza, sorprende su inmensa generosidad, sorprende su comprensión y ternura.

«Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús». Dios sabe que no podemos resistir tanto tiempo ante su presencia sin que perdamos la razón ante tanta belleza y tanta bondad. Nos ofrece la dosis necesaria y suficiente para aumentar nuestra fe y la fuerza para llevar esta gran noticia a quienes más la necesitan. Es así que nos convertimos, todos los bautizados, todos los creyentes, en discípulos y a la vez en misioneros de su amor.

Estos momentos especiales que solo se entienden en el corazón y sólo los entiende quien los ha podido experimentar, nos regalan el don de la prudencia, de la sabiduría y la perseverancia, no sin pequeños nubarrones del hombre viejo, cómodo e insensible, pero con los frutos propios de quien se ha encontrado con Dios mismo en su propio camino. Los discípulos debieron guardar aquella hermosa experiencia en su corazón, pero esa fue una de tantas experiencias de transfiguración. Esas experiencias de trasfiguración también las has vivido tú como las he vivido yo. Por eso, como los discípulos, tenemos la misma responsabilidad de proclamar la presencia de Dios en nuestra realidad y a la vez el mismo privilegio de haber sido llamados para estar con él, siempre.

Fray Javier Rivera, o.p.

REFLEXIÓN DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Hemos iniciado el primer domingo de Cuaresma, y con ello, un camino de reflexión que nos lleva hasta la cruz. Los textos bíblicos nos presentan la experiencia de Adán y Eva frente al árbol del conocimiento del bien y el mal. San Pablo nos recuerda que frente al pecado narrado en el libro del Génesis, Dios tiene otra palabra, es Jesucristo mismo que nos justifica y nos salva. El Evangelio, indica el camino a seguir al presentarnos cuál debería ser la actitud de todos los cristianos frente a las tentaciones. Jesús, a diferencia de Eva, sabe frenar las tentaciones que se le presentan ante sus ojos porque se dejó conducir por el Espíritu de Dios.

Desde los textos bíblicos pienso que existe la tentación de creer que el pecado consiste en comer frutos prohibidos, desear convertir las piedras en pan, desear poder, poniendo a mi disposición legiones de ángeles para que me complazcan en mis caprichos, o el deseo de tener todas las tierras del mundo. Frente a estos elementos que consideramos pecados, se antepone otro mayor, este consiste en transgredir los límites del bien y el mal. Tanto las tres tentaciones que el demonio le presenta a Jesús, como la tentación que la serpiente le presenta a Eva, cuestionan nuestra libertad. Vivir o no vivir con límites es lo fundamental. El pecado fundamental de Eva fue romper el límite del bien y el mal. Darse el permiso para hacer todo lo que deseo, incluso lo que ante los ojos de Dios está mal, hasta lo que no me conviene.

Nuestra cultura manifiesta una inclinación muy profunda a relativizar los valores fundamentales. Ya no hay límites. Esta actitud destruye a las personas, las relaciones humanas, la cohesión de los pueblos. En nuestro tiempo nos hemos dedicado a enfatizar nuestros derechos anulando las obligaciones que cada derecho lleva consigo.  La forma de vencer la tentación, de transgredir los límites de lo bueno y lo malo en cada circunstancia de la vida es dejarse guiar por el Espíritu de Dios, porque aunque este me lleve al desierto, tengo la confianza de que saldré vencedor, respetando, como Jesús, la voluntad de Dios en mi vida.

Por: Fray Tomás Trejo, o.p.

 

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